No tengo papeles

Un estudiante modelo sale de la sombra y anuncia que no tiene documentos legales.

José Salcedo tiene 19 años edad y es considerado como un estudiante ejemplar por sus notas y su interés en seguir una carrera, pero sus planes podrían estar en peligro.

Salcedo sorprendió a muchos cuando durante un acto público dijo no tener documentos migratorios para estudiar o permanecer en Estados Unidos en calidad de residente.

Este joven, nacido en Colombia, es además presidente de la Asociación del Gobierno Estudiantil en el recinto InterAmerican, representante estudiantil ante la Junta Directiva del Miami Dade Community College (MDCC) y miembro del Honors College de la institución, un grupo solo reservado para 550 estudiantes con calificaciones excelentes.

Las palabras de Salcedo salen a la luz pública cuando el Senado de EE.UU. se alista para votar –a favor o en contra- por el proyecto Dream Act para legalizar a más de 800.000 jóvenes indocumentados.

En una entrevista con el diario El Miami Herald, Salcedo dijo al periodista Alfonso Chardy, que desea hacerse ciudadano, incorporarse a las fuerzas armadas y luego convertirse en político. Su primer objetivo sería ser candidato para la alcaldía de Miami.

Roberto Casín

Miami, EE.UU.

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Las manos heladas y una sonrisa

Para algunos, el frío y la nieve no son una mala noticia a la hora de dejar la cama cada mañana.

Son poco más de las 5 de la mañana en Washington, la capital de Estados Unidos. El termómetro marca una temperatura de -2º centígrados bajo cero. Aún está oscuro y los rastros de la primera nevada del invierno, ocurrida durante la madrugada, aún están frescos.

Es el inicio de una jornada regular de trabajo para muchos. Pero para otros, el trabajo se ha extendido toda la noche y bajo temperaturas gélidas.

Iván tiene un gorro de lana protegiendo su cabeza y una vincha de cubriendo sus orejas. Por encima aún lleva la capucha del abrigo y el cuello del suéter levantado. Mientras camina, las botas impermeables van dejando huellas en la nieve fresca.

Sin embargo, aún siente las manos heladas dentro de los guantes de algodón que lleva por debajo de los guantes de fieltro de trabajo. Su piel Caribe mal se adapta al frío del noreste de Estados Unidos.

Pero mientras sostiene el rastrillo con el que distribuye la sal que ha estado colocando durante toda la noche en veredas y calles de la ciudad, para evitar que la nieve se convierta en hielo y provoque accidentes, todavía tiene una sonrisa para desear a los primeros madrugadores, los “¡buenos días!”, con un acento centroamericano cantado.

Al comentario rápido de “qué frío”, simplemente responde con la misma sonrisa, “ha estado así toda la noche, pero en el camión tenemos café caliente”, dice señalando con la cabeza en dirección al vehículo cargado de sal y estacionado muy cerca, con el motor encendido para ofrecer un refugio caliente a los trabajadores durante las pausas.

Para algunos, el frío y la nieve no son una mala noticia a la hora de dejar la cama cada mañana. “El trabajo de jardinería se ha terminado y la empresa ofrece este servicio durante el invierno, así que seguimos teniendo trabajo”, dice Iván, “no me puedo quejar de que esté nevando”, agrega.

“El invierno pasado con toda la nieve estuvimos muy ocupados”, recuerda. “Espero que este invierno también nos ayude”, dice aún más sonriente.

Bajo la cabeza, sujeto el sombrero para evitar que el viento me lo quite y mientras le devuelvo una sonrisa y unos “buenos días” de despedida, le digo: “¡Disfruta del café!”, en tanto pienso en el mío propio. Antes de que su cabeza y su sonrisa casi desaparezcan bajo el abrigo de la capucha, Iván responde: “¡Gracias!”.

Sigo caminando rumbo a la estación del metro y mientras acelero el paso, vuelvo a mirar la nieve y ya no sólo veo la belleza del paisaje urbano que comienza a teñirse de blanco, sino también he decidido dejar de quejarme del frío, después de todo, la nieve es una buena noticia para tantos Iván.

 

Héctor R. Cerpa

Washington, DC

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Artistas de salón

Algunas ciudades suenan con ritmo propio; artistas callejeros o músicos bohemios copan las calles con sonidos urbanos.

El único artista callejero que he visto en dos semanas toca sobre unos cubos de pintura. El plástico no le hace ningún favor al sonido que no se asemeja en ningún timbre al de la tela de un tambor o el metal de una batería.

Viene un ratito los días de semana, no antes de las 4 de la tarde, y nunca se retira más tarde de las 6. Se coloca a la salida de la estación de metro Chinatown, entre la calle 7 y la F.

Entre los que soportan el ir y venir de las improvisadas baquetas de este músico de la calle se encuentra un policía. Le he visto enfrente del músico, a un lado, rondándole o incluso hablando con él, pero nunca vigilando la salida del metro realmente.

Aquí los vendedores de artesanías y bisutería casera se convierten en puestecitos de camisetas de los ‘Capitol’, el equipo local de Hockey, o jerseys con los nombres de las universidades. No hay graffitis, ni malabaristas con un perro hambriento, ni ningún tipo de artista que se quiera poner el subtítulo de ‘callejero’.

Porque Washington es una ciudad seria, de auditorios, grandes teatros y centros culturales. Por ejemplo, todos los días se puede ver una o dos actuaciones gratuitas en el Kennedy Center; desde la Orquesta sinfónica nacional hasta grupos de gospel o jazz. Pero para entrar a formar parte de un grupo de teatro tienes que pagar una gran cantidad de dinero. Nada de hobbys.

Sin embargo, sí hay un movimiento muy fuerte de bares y locales que ofrecen espacios de micrófono abierto para recitar o escuchar poesía, jam session, o pequeñas exposiciones de cuadros, donde se crea un sentimiento de comunidad, y el artista no se siente tan sólo. Ahí es donde cada residente saca su lado artista, donde todos son capaces de recitar una pequeña estrofa, dar un par de golpecitos a su guitarra o participar en un debate sobre arte.

Tal vez sea el frío.

 

Irene Larraz

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¿Cuánto contamos los hispanos?

Roberto Casín explora desde Miami la polémica en torno a la importancia y magnitud de la inmigración hispana en EE.UU.

Mucho se ha dicho que los hispanos nos estamos “adueñando” de EE.UU., que la población de origen latino, a diferencia del aporte hecho por otras oleadas de inmigrantes en el pasado como las de irlandeses e italianos, es la que está dejando una huella indeleble en la cultura estadounidense. Hasta he escuchado decir que sin nosotros la prosperidad del país se vería seriamente comprometida.

Cierto que hay mucho de exageración. Los hispanos somos así, hiperbólicos, de ánimo acelerado, temperamentales. En no pocas ocasiones se nos inflama el juicio y el orgullo se nos desborda. Pero a despecho de apreciar con exceso nuestros orígenes, y de la lupa con que se mire el fenómeno de la migración latina en EE.UU., los números hablan.

Entre 1892 y 1954 ingresaron a Estados Unidos 12 millones de inmigrantes, en su mayoría europeos. Pero en las últimas tres décadas, el grueso ha venido de Latinoamérica, hasta el punto de que en la actualidad se estima que en el país hay alrededor de 50 millones de hispanos –una sexta parte de la población.– con un poder adquisitivo que supera los 950 mil millones de dólares al año.

No es un secreto que la recesión nos ha pegado duro, tal vez más duro que a ninguna otra minoría en la nación. Pero con todo, la Oficina del Censo informó hace menos de tres meses que la cantidad de empresas propiedad de hispanos aumentó casi 44 por ciento entre el 2002 y el 2007, un crecimiento que es más del doble de la tasa nacional ¿En qué estados? Mayormente en Nuevo México, Florida, Texas, California y Arizona.

Para el próximo Congreso, que sesionará a partir de enero, tendremos una treintena de legisladores hispanos ocupando escaños en el Senado y la Cámara de Representantes. Habrá dos gobernadores, uno en Nuevo México y otro en Nevada. Pero eso no es todo, según recientes proyecciones de la Oficina del Censo, alrededor de uno de cada cuatro jóvenes menores de 20 años en la nación es de origen latino. Y de no haber sido por los hispanos, en vez de crecer, el número de jóvenes del país hubiera disminuido entre el 2000 y el 2010.

De modo que además del espanglish, de los frijoles y de la salsa, de que somos un motor político y económico, también somos ya una pujante fuerza demográfica en EE.UU. Aunque haya quien no quiera verlo.

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Amar Manhattan hasta morir

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El 8 de diciembre de 1980 a las 5 pm alguien paró a John Lennon para pedirle un autógrafo. Seis horas después le dispararía.

Yoko Ono recuerda que su madre provenía de una familia de mucho dinero, y que le hacía sentir inseguro a su padre. Le hacía ir con chófer al banco donde trabajaba y él se bajaba dos bloques antes de llegar a la oficina y caminaba para que nadie le viera con conductor.

A sus 35 años, Sean Lennon confiesa que solía hacer lo mismo cuando su madre le enviaba en limusina al colegio.

Yoko Ono dice que debe ser la memoria almacenada en el ADN lo que condujo a su hijo a la misma experiencia. La misma que experimentó John Lennon al encontrar en Manhattan un respiro a estar bajo el gran ojo cada vez que bajaba de un coche.

La opresora sociedad inglesa a la que jamás volvió, según sus cronistas, quedó atrás después de conocer Manhattan. La sensación de libertad, de pasar desapercibido, es la que al final atrajo a Lennon hasta la muerte.

Delincuencia, anonimato y arte fueron los ingredientes para que el beatle desarrollara un ambiente bohemio en el que compartir sus ideas y su música de una forma libre.

Dicen que Ono y Lennon eran unos grandes conocedores de las opciones que ofrecía Nueva York las 24 horas del día. Hicieron de Manhattan su hogar, alejados de los autógrafos y del espectáculo agobiante.

El 8 de diciembre a las 5 pm alguien le paró para pedirle un autógrafo. Probablemente ni se fijó en quien era. Nadie sabe si seis horas después, a su regreso a casa en el lujoso edificio Dakota, Lennon reconoció la cara del hombre que le dispararía.

Chapman había llegado a Nueva York una semana antes y se había alojado en el hotel Sheraton Center. “Mr. Lennon”, le gritó Chapman cuando Lennon bajó de su limusina, momentos antes de dispararle.

“Lennon se tambaleó y avanzó hasta seis pasos en el vestíbulo. ‘Me han disparado’, dijo antes de desplomarse en el suelo”, cita el Chicago Tribune un día después del asesinato.

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