Apuntes: drogas y políticas

Puede ser que sí. Que en efecto los tiempos estén cambiando o lo hayan hecho ya a una velocidad y en una dirección hace apenas 20 años inesperada. Casi tres de cada cuatro estadounidenses dicen favorecer la legalización de la marihuana con fines médicos, y por demás el asunto figuró a modo de consulta en la boleta electoral de varios estados del país en los comicios legislativos del pasado 2 de noviembre.

Muchos temían que la propuesta en California, el estado más populoso y rico de la nación, llegara a aprobarse. Sobre todo por el mensaje que hubiera enviado una buena parte del electorado del país al resto de la nación. Pero no, la legalización de la droga con fines curativos fue rechazada 54 por ciento contra 46 por ciento de los votos en la mayor parte de California.

Sólo en la ciudad de San Francisco fue aprobada, aunque por un margen muy pequeño: 51 por ciento a favor, 49 por ciento en contra. Y quienes estuvieron más inclinados a aceptarla fueron los votantes de entre 18 y 24 años (64 por ciento contra 36 por ciento), en tanto que los mayores de 65 años la rechazaron 2 a 1.

Significativamente, los californianos con educación media o menor, o sea, los de inferior preparación profesional y que tienen menor nivel de ingreso, se opusieron a la propuesta en el 61 por ciento de los casos. ¿Quiere esto decir que la contraparte, los más instruidos, las crecientes hornadas de técnicos e ingenieros que inundan nuestra moderna sociedad, terminarán aprobándola en elecciones futuras? Es una posibilidad.

Por lo pronto el debate no parece haber muerto. Y al menos en 14 estados de la nación está autorizado el empleo médico del cannabis.

De un lado están quienes alegan que consentir el uso de la marihuana aunque sólo fuese con propósitos clínicos sería como abrir una caja de Pandora, además de un contrasentido, sobre todo para quienes en otras naciones a duras penas pueden mantener a raya al narcotráfico, y atribuyen una buena parte de su tragedia al alto consumo de drogas en EE.UU.

Del otro están quienes creen que legalizándola privarían de poder a los narcotraficantes, arrebatándoles el monopolio de su comercialización, y de paso harían un bien a la medicina, en especial a los enfermos con padecimientos como el cáncer, la hepatitis C, la esclerosis múltiple y otras dolencias.

Los argumentos de un lado y otro siguen en pie.

Roberto Casín

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